En el ámbito asistencial, cuando se produce un evento adverso, la atención suele centrarse de manera prioritaria en el daño sufrido por el paciente. Sin embargo, la literatura científica viene señalando desde hace años que estas situaciones también pueden generar un impacto relevante sobre el profesional implicado. En cirugía, esta realidad adquiere una especial intensidad por la complejidad técnica de la práctica clínica, la presión en la toma de decisiones y el alto nivel de responsabilidad asociado a los resultados asistenciales.
 
Una revisión sistemática y meta-análisis publicada en 2026 analizó 36 estudios sobre el denominado síndrome de la segunda víctima en cirujanos. El trabajo concluye que los síntomas más frecuentes tras un evento adverso son la ansiedad (56,3%), la culpa (53,8%), las alteraciones del sueño (50,5%) y la tristeza o bajo estado de ánimo (48,3%). Entre las estrategias de afrontamiento más habituales destacan hablar con compañeros de profesión y apoyarse en familiares o amigos.
 
Más allá de esas cifras, el valor del estudio está en poner nombre a una experiencia profesional que muchas veces se vive de forma silenciosa. Los autores describen respuestas que incluyen pensamientos intrusivos, sensación de aislamiento, preocupación por la reputación profesional, pérdida de confianza, cambios en la práctica clínica e incluso, en algunos casos, deseo de abandonar la profesión. También se recogen manifestaciones compatibles con respuestas de estrés agudo o postraumático, como hipervigilancia, evitación y reexperimentación del evento.
 
El propio término “segunda víctima” sigue siendo objeto de debate, ya que algunos autores consideran que puede minimizar la experiencia del paciente o patologizar una reacción humana comprensible. Aun así, la revisión lo utiliza por seguir siendo la denominación predominante en la literatura científica actual. Lo relevante, más allá de la etiqueta, es reconocer que el impacto emocional del evento adverso existe y puede condicionar tanto el bienestar del profesional como la calidad futura de la atención.
 
Otro hallazgo importante es que no todos los profesionales responden igual. El sexo, el grado de experiencia y la gravedad del evento aparecen como posibles factores moduladores del impacto. Además, en ausencia de una cultura organizativa adecuada, pueden aparecer estrategias de afrontamiento desadaptativas, con repercusión sobre la salud mental del profesional y, potencialmente, sobre la seguridad del paciente.
 
Desde una perspectiva institucional, la revisión apunta a una conclusión clara: no basta con pedir resiliencia individual. Las intervenciones eficaces requieren un enfoque más amplio, que incluya apoyo entre pares, programas de acompañamiento, formación en afrontamiento y resiliencia, y cambios culturales que normalicen la respuesta emocional ante el evento adverso, reduzcan el estigma y favorezcan la petición de ayuda.
 
En este contexto, abordar el impacto del evento adverso sobre el profesional no implica desplazar el foco del paciente, sino comprender con mayor profundidad la complejidad del daño asistencial. Una cultura sanitaria madura debe ser capaz de analizar el caso desde el punto de vista clínico, organizativo y humano. Solo así es posible avanzar hacia entornos asistenciales más seguros, más transparentes y más sostenibles para quienes ejercen la práctica sanitaria.
 
 
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En Criteria Médica entendemos que el análisis de los eventos adversos exige una mirada técnica, rigurosa y también sensible a la complejidad del entorno asistencial. La comprensión de sus consecuencias clínicas, organizativas y profesionales forma parte de una valoración sanitaria completa y fundamentada, en línea con el enfoque técnico e independiente del gabinete.